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El acompañamiento postrero

¿Qué hacer cuando aparentemente no tienes nada más que hacer?

¿Qué hacer?

¿Qué hacer cuando se te escarapela el tuétano de los huesos pensando en que vas a entrar en una habitación de niños que padecen cáncer, que los vas a ver sufrir, que vas a escuchar sus gritos de dolor y que aparentemente no tienes nada más que hacer porque otros especialistas ya están dando lo mejor de sí para tratarlos y te llaman a ti porque ya lo dieron todo?

¿Qué hacer cuando sales con el corazón desgarrado después de haber visto a muchos niños amputados, sin cabello, conectados a sus catéteres; después de haber escuchado tristes historias de familias desintegradas, oliendo el dolor de las madres en cada paso que ellas dan y que cuando tú los das pareciera que en vez de avanzar te vas quedando en la habitación como si todos a la vez te siguieran pidiendo ayuda y no puedes dársela?

¿Qué hacer?

Entonces se te ocurre que cuando no hay nada más que hacer, todavía te queda un hálito de vida para compartir en este mundo de compartires, te das cuenta que cuando otros ya se rindieron, tú todavía tienes fuerzas y continuas esta lucha por la vida, que la vida a pesar de todas sus desventuras, sigue siendo hermosa.

Te das cuenta que al acompañar al que sufre también te acompañas un poco a ti mismo y si te pide que lo dejes solo, también le ayudas a disfrutar su soledad y te sientes más humano que nunca. A veces basta con que escuches a estos niños, basta con que te dejes contar las mismas historias repetidas de siempre, basta con que le tomes de la mano y que le digas que mamá ya va a venir, que está esperando a que los médicos terminen la visita, que allí está detrás de ese vidrio con esa máscara cubriendo su cara. Y a veces puede ser que una leve sonrisa de aquel niño que estuvo antes llorando se te quede dando saltos en el pecho pugnando por salir convertida en una sonrisa de agradecimiento.

A veces una niña te puede pedir que le rasques la planta del pie que ya le han amputado y en vez de decirle que ya no lo tiene le rascas el muñón y con una palmadita le dices: ¡Listo! Ya está. Y con su vocecita te va a decir gracias y te va a inundar una sensación de paz.

Podrás escuchar innumerables historias de familias que se juntan, y muchas más que se separan, podrás sufrir con ellos porque eres ser humano. Te podrás detener a escuchar a un niño sentirse culpable de lo que le está pasando, que es un castigo porque se comió la mitad del chocolate a la hermanita el año pasado y lo negó en todos los tonos ante los tribunales de la familia y te demoras mucho tiempo convenciéndolo que lo que le está pasando no es por aquel chocolate,

También escucharás a niños con mentalidad de adulto preocupándose por los gastos que por su enfermedad está ocasionando a la familia, que quisieran ya estar sanos para ponerse a trabajar para devolver todo lo vivido. Algunas veces te hablarán que es difícil dormir en una cama que ni es tu cama, y mucho más difícil acomodarte a horarios extraños para ingerir los alimentos, que los despiertan en las madrugadas para tomarles la temperatura, para colocarles medicamentos, te enseñan sus múltiples pinchazos, te dirán que el desayuno lo

traen en charolas a las ocho de la mañana exacta y saben en qué momento el señor de la comida va a hacer frenar el coche. Te dirán que les parecerá extraño que los hagan almorzar a las 12 del día, algunas veces comida que parecen puré, sin nada que masticar, a veces sin sal, y que la cena se las traerán a las cinco de la tarde y de allí en adelante aún tengan hambre no podrán comer nada hasta el día siguiente.

Otros, que tiene más tiempo y que seguramente no es su primera hospitalización, te dirán que han batido record en tiempo de hospitalización, que han estado muchos días, y se conocen por nombre de pila a todas las enfermeras, médicos, técnicos y personal de limpieza. Te contarán de sus compañeros que están en sus respectivas camas, de algunos amigos que ya se han ido al cielo, de las madres que celebran cumpleaños con payasos vestidos con mandilones estériles y con mascarillas que cubren boca y nariz.

Algunos te reclamarán por qué no dejan entrar niños en los hospitales para que los visiten si ellos también son niños, que extrañan a sus hermanitos, que quieren verlos a través de la ventana aunque sea, que quisieran estar con toda su familia completa, todos juntos haciendo labores cotidianas, sin tener que pensar en las contaminaciones y limpiezas.

Algunas veces te pedirán cosas extrañas como que traigas al hombre araña, aunque sea para verlo detrás de vidrio. Mirarás sus caritas relucientes cuando les cumples alguna promesa. Como a todos los niños les gustan los caramelos, los dulces y les molesta las inyecciones, aunque algunos han desarrollado el hábito de no llorar especialmente cuando lo está mirando una niña.

En realidad creo que son más fuertes que todos nosotros juntos.

Ya para este momento te habrás dado cuenta que el cáncer no respeta edad ni sexo ni condición social, que a los niños les puede dar leucemia, linfomas, cáncer al cerebro, cáncer al hueso, cáncer a las partes blandas de los músculos y aunque algunos tienen alto grado de curación, el sufrimiento del tratamiento nunca lo van a olvidar.

Es importante que te des cuenta que los seres humanos formamos una especie solidaria, que nos conduele ver a otro ser humano sufriendo y harás de todo por ayudarlo. En este momento de ayuda creo que se da nuestro complemento y nos sentimos uno con el todo.

Una de las preguntas más frecuentes y desgarradoras que te suelen hacer los niños que padecen cáncer es cuando se ponen ceremoniosos y te dicen a bocajarro. ¿Me voy a morir? Y te quedas sin palabras.

Lo que yo he aprendido es a decirles que todos nos vamos a morir, unos antes que otros, pero mientras tengamos un poquito de vida, ésta merece vivirla y vivirla con ganas. Entonces lo mirarás, y aún a sabiendas de que no podría ser cierto, lo abrazarás y le dirás: que nada malo le va a pasar. Entonces, ya le estás dando un poco de tranquilidad y de paz al niño que llevas dentro.

Hasta acá creo que ya tienes una idea de qué hacer cuando crees que ya no tienes nada que hacer: Solamente acompañamiento, escucha, y mucho, mucho amor.

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