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El sufrimiento en las Emergencias de los hospitales

No sé si ocurre en todos los hospitales del Perú, pero personalmente he sido testigo de atenciones en Emergencia en varios hospitales, tanto como médico así también como paciente. Aunque muchas personas se asombran creyendo que los médicos no nos enfermamos.

Realicé mi Internado médico en el Hospital Daniel Alcides Carrión – San Juan, del Callao, mi Residentado en Psiquiatría en el Hospital Almenara, mi subespecialidad en Psiquiatría de Niños y Adolescentes en el Hospital Rebagliati y tanto en ellos, como en mi Alma Mater que es la Facultad de San Fernando de la UNMSM, he tenido la gracia de recibir enseñanzas de grandes maestros. Para no mencionar a todos solamente quiero recordar al Dr. Humberto Rotondo, y la mayor parte del curso que nos dictó fue sobre la Relación médico paciente:

Ver al paciente como al prójimo sufriente, el que necesita ayuda y que está confiando en nuestros conocimientos.

Y esto debe ser en todos los aspectos de la atención médica, desde las actividades promocionales, preventivas, asistenciales y de recuperación y rehabilitación donde está el actuar del médico. Y no solamente del médico, sino también del equipo terapéutico encargado de velar por la salud del paciente.

Hace pocos días he acompañado en esta vía crucis a un familiar buscando atención médica por dolor agudo al oído que no lo dejaba ni siquiera ni dormir y pareciera que todas las puertas burocráticas se iban cerrando, que no había citas adicionales por Consulta externa, que fuéramos a los Hospitales precarios de Solidaridad, que fuéramos a Emergencia de Hospital Grau, que no es una Emergencia, que es una Urgencia (Lo cual es real y muchas personas se equivocan y atiborran las Emergencias por no saber distinguir entre una Emergencia que puede poner en peligro inminente la vida del paciente y una Urgencia que no pone en peligro la vida pero sí requiere una atención pronta. Esta diferencia debería ser mayormente difundida desde la escuela y a nivel de medios de comunicación masiva, por las autoridades sanitarias).

Ya desde la puerta no encontramos alguien que nos guíe, alguien que nos informe. Después de un rato vemos que no somos los únicos, que vamos pasando por un triaje, luego otra cola para identificación, otra para evaluación, pasando entre pacientes sufriendo en silla de ruedas, en camillas, algunos apoyados contra la pared, nos dicen que no existe especialista de guardia, nos recetan, no hay el medicamento en la farmacia pero sí en la farmacia de la esquina. Los quejidos, los gritos, las muecas de dolor espesan el aire y se impregnan en nuestra piel y en nuestros sentidos, y también sufrimos con ellos, los pacientes sufrientes..

Como médico, tengo programado acudir a Emergencia a ver a pacientes niños y adolescentes, algunos han tenido una descompensación de su enfermedad de fondo, violencia familiar, intentos de suicidio. Y el solo hecho de pasar por los pasillos uno se va sensibilizando más al ver tanto sufrimiento junto.

Existen algunos médicos, menos mal que son pocos, que pareciera que tuvieran una coraza enorme inmune a tanto dolor, o una burbuja especial que los aísla a ellos “que son de una clase especial”, de nosotros, los otros y nos miran con displicencia y desgano.

Muchos pacientes pueden estar esperando horas y días sentados en silla de ruedas esperando simplemente que se desocupe una cama en las salas de Hospitalización.

Hace casi 18 años amanecí amarillo hasta los ojos y con dolor en el lado derecho del abdomen. No sé por qué no me identifiqué, hice las colas como los demás pacientes, me sacaron los exámenes correspondientes, y al gritar que tenía demasiado dolor recién venía alguien a colocarme una ampolla a la vena. Y quiso Dios que pasara por allí mi amiga Carmencita Godoy, enfermera, en que me dice Usted es un doctor, voy a llamar a mis amigas de turno, habló con los médicos, me tuvieron una noche más y al día siguiente ya estaba en piso con una cama para mi solo, con el diagnóstico de litiasis biliar listo para ser operado.

Hace dos años, en el Hospital de Chulucanas, mi anciana madre fue atendida por presentar una neumonía extrahospitalaria y allí ocurrió algo que me llamó la atención: estaban diciendo que se quedaba hospitalizada y que los familiares nos retiráramos que regresáramos mañana, pero al ver a una sola técnica para varios pacientes, mi hermana Débora reclamó para quedarse y poder darle alimentos cada dos horas porque mi madre sufre de un tumor que segrega insulina y se le baja muy rápidamente el nivel de azúcar en sangre. Siempre agradeceré a los médicos y al equipo terapéutico que permitieron la recuperación de la salud e mi madre. Mi hermana se quedó el tiempo que demoró la hospitalización, durmió en la misma cama con mi madre, ayudaba a otros pacientes y veía sufrir a casi todos los pacientes.

Hace poco he visto en las noticias que pacientes y familiares, venidos de distintas regiones del país, en busca de una esperanza, acuden al Instituto de Enfermedades Neoplásicas desde tempranas horas y pernoctan en el suelo esperando que amanezca y ser atendidos

Es necesario que las Autoridades Sanitarias eduquen sobre la diferencia entre Emergencias y Urgencias. Que los médicos y todo el equipo terapéutico vuelvan al origen de la profesión médica y se pongan en la situación de los sufrientes, haciendo empatía con los pacientes.

Tengamos presente que todos somos seres humanos, que tenemos derecho a saber nuestro diagnóstico y que podemos decirle al médico que nos explique detalladamente la naturaleza de nuestra enfermedad, su tratamiento, y su pronóstico.

La palabra médico viene de la palabra latina medeor, que significa “cuidar”. Esto es lo que les enseño a mis alumnos. Espero que lo recuerden, como yo recuerdo a mis maestros

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