Share on FacebookTweet about this on TwitterEmail this to someonePin on PinterestPrint this pageShare on Google+
Download PDF

La púber pedófila (AUDIO)

Amanda es una adolescente de trece años, hija única de dos padres católicos que acuden a misa cada domingo en las mañanas. Desde muy niña acudía a misa y se sabía cada parte del ritual. Se levantaba antes de que las otras personas lo hicieran, y respondía ante las preguntas del sacerdote en el momento adecuado.

La primera vez que supe de Amanda, ella estaba en Cuidados intensivos, conectada a una máquina que respiraba por ella, con muchas agujas y tubos conectados a su cuerpo. Las enfermeras y médicos, apurados, comentaban alrededor de ella y de otros pacientes. Los padres lloraban en la Sala de Espera.

Amanda tuvo una niñez que ella consideraba feliz, era muy querida por sus padres y por su extensa familia. Durante la primaria y en los primeros años de secundaria tenía un rendimiento académico regular. Rezaba todas las noches antes de dormir y no tenía ninguna dificultad con nadie.

Cuando Amanda decidió quitarse la vida, ya se había leído un sinnúmero de páginas de Internet acerca de la forma ineludible de quitarse la vida. Había considerado desde las formas más sangrientas hasta las menos dolorosas. Había calculado las dosis necesarias para que un ser humano promedio dejara de existir, sin mucho dolor. Algo en el fondo, desde muy antiguo, le decía que era pecado quitarse la vida.

Pareciera que varios eventos se confabularon alrededor de la vida de Amanda: Un hombre la quiso manosear en el microbús en el que iba a su colegio, y llegando a casa fue la primera vez que le venía le regla. Llegó tan temprano como para escuchar que su padre le decía a su madre que había conocido a otra mujer del cual estaba enamorado y que se iba a vivir a otra casa.

Primero revisó varias páginas de internet europeas donde decía que estaba de moda suicidarse con paracetamol a altas dosis, paracetamol o acetaminofén, tan comunes en los hogares de todas las personas, y de muy fácil acceso. Conoció la dosis adecuada y el tiempo que duraría la agonía. Lo que le impidió continuar con ese plan fue la horrible agonía que sufrían aquellas personas que optaban por esta opción. En cada foto veía caras de dolor y un tiempo largo de sufrimiento.

Los padres hablaron con ella sobre las decisiones adoptadas, se tomaron su tiempo para explicarle que seguirían siendo sus padres, y que era la mejor decisión que estaban tomando para el bien de toda la familia. Aparentemente, Amanda tomó la decisión de los padres de la forma más natural, sin inmutarse siquiera. Solamente se limitó a suspirar. Ellos le regalaron un erizo como mascota. Ya tenía dos perros y un gato, y le gustaba llevarlos a la veterinaria. Era experta en hacerle preguntas al veterinario. Recordaba con mucha tristeza cuando, los padres decidieron sacrificar a su perrita con cáncer para que no sufriera más. La perra cerró sus ojos y quedó como dormida. Amanda preguntó por la sustancia: Pentobarbital, le respondieron.

Entonces recordó buscar dicho medicamento y la forma más accesible de comprarlo. Supo que era un medicamento controlado que se utilizaba en muchas anestesias endovenosas, como inductor a la anestesia. Que era muy difícil de conseguir. Entonces recordó a su perra sacrificada, y empezó a buscar en las páginas de las veterinarias. Una semana antes de su determinación, ya contaba con la medicación en su cuarto.

Los padres dijeron que ya desde varios años antes la encontraban como ausente varias veces, y cuando le preguntaban qué estaba pensando, ella suspiraba , se asustaba y volvía a sus quehaceres cotidiano diciendo: no me pasa nada. Después de ocurrido el intento de suicidio, los padres recordaron numerosos episodios en que se encontraba ausente y varias en que la encontraban llorando sola en su cuarto, pero sin decir el motivo.

Esa mañana salió hacia el colegio como siempre, pero calculando que sus padres saldrían al trabajo, a medio camino regresó a casa sin siquiera haber llegado al colegio. Subió a su cuarto y empezó a escribir las cartas de despedida a sus seres queridos. Allí mencionó que desde muy niña, diversos pensamientos de que era una pederasta no la dejaban en paz durante todo el día, ni por la noches. Temía hacerles daño sexual a cualquier niño que mirara por las calles, era imposible dejar de pensar, cuando más quería dejar de pensar, con mayor fuerza lo pensaba. Eran tan horribles los pensamientos que llegó a la conclusión de que no valía la pena vivir pensando en tremendo pecado capital.

Esa mañana la madre de Amanda tuvo un presentimiento de que algo malo iba a suceder, y cuando llegó a su trabajo se dio cuenta de que había olvidado las llaves en su casa. Cuando llegó, pidió ayuda a un cerrajero y justo a tiempo para salvar a Amanda. La llevó a Emergencia donde le brindaron los cuidados necesarios, y menos mal que la dosis que había conseguido había sido para animales, pero de no haber llegado a tiempo, Amanda ya sería una estadística más.

Cuando ya despierta, Amanda pasó a Hospitalización de Psiquiatría, recién pudo decir con lujo de detalles lo que ella pensaba que era Pedofilia. Después de varias sesiones llegamos a la conclusión de que se trataba de un Trastorno Obsesivo compulsivo.

Actualmente ya se encuentra en tratamiento integral y con franca mejoría. Todos los martes acude a Terapia de Grupo para hablar sobre conciencia de enfermedad, por el largo tiempo que ha venido guardado estos pensamientos.

Deja tu Comentario

comments