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Esperanza

Esquizofrenia catatónica

Siempre es una alegría ver cómo los pacientes se recuperan.

Esperanza es una paciente de 26 años, que tiene dos hijos. Hace dos meses la trajeron en silla de ruedas, desde el poblado de El Lúcumo.

Aquella vez, tenía la mirada fija, le movíamos los brazos y los dejaba como si fuera muñeca de cera. Parecía que no parpadeaba. No hablaba. Parecía como ausente. Los familiares dijeron que hacía tres semanas que no dormía, que estaba asustada de que los ronderos le fueran a hacer daño, que le ponía tranca a la puerta y verificaba a cada rato de que estuviera cerrada, empezó diciendo que los vecinos le querían robar los pensamientos, hasta que poco a poco fue dejando de comer, hablaba entre dientes y un día ya no quiso levantarse y con las justas tomaba agua con un sorbete. Y su cara adquirió una expresión sin expresión.

La madre mencionó que el padre biológico de la paciente había sufrido de trastornos mentales como a los 30 años y que caminaba calato por su pueblo arrastrando un montón de latas vacías, comiendo de la caridad de la gente.

Esta vez, Esperanza sonreía, respondía a las preguntas, tenía una expresión de vida en su rostro, y cuando recordaba lo que le pasó, se sentía triste mencionando que había descuidado a sus dos hijos. Decía que ya se sentía mucho mejor, que todavía seguía escuchando algunas voces, pero que ya no les hacía caso porque había aprendido que esas voces no existían, que habían aparecido desde que se puso mal.

La primera vez que la trajeron en la silla de ruedas fue difícil levantarla para que las enfermeras pudieran colocarle una inyección de depósito. Lo bueno es que los familiares ayudaron y ella no hizo ni una mueca de dolor. Solamente volvió a tomar la posición de sentada.

Esta última vez ha venido toda la familia, la madre, el padrastro, dos hermanas, los hijos de 06 y 08 años y todos estaban muy contentos de ver a Esperanza mucho mejor que cuando enfermó.

Me contaron que dos de las hermanas mayores le dicen papá al padrastro y que todas ellas han sido criadas por él. Que la mayor se encarga de conseguirle la medicación en Lima, que la última vez le fue muy difícil conseguirla porque parecía que había un desabastecimiento en las farmacias de los hospitales psiquiátricos.

“Doctor, para la próxima vez que venga, hágase un tiempo para que nos visite en El Lúcumo, está como a seis horas de camino, como quien se va para Ayabaca. Nos avisa con anticipación para recibirlo como se merece. No tenemos mucho, pero algunos animalitos podremos matar y hacer una fiesta, por la alegría de que Esperanza ya está mejor y sus muchachitos también están más tranquilos. Ellos ni querían ir al colegio, se ponían a llorar solitos en un rincón del corral, los dos solitos, abrazaditos, parecían chivitos huachos buscando a su madre, que la tenían cerca, pero pa

recía que no estuviera. Allá también tenemos pócima de la buena, doctor”.

Termino de hacer la receta, los niños agarran con fuerza la falda de la madre, me miran con ojos de niños, ojos grandes agradecidos. Luego de que le extiendo la receta a Esperanza, el mayor se suelta y viene a darme un abrazo, el mejor abrazo del mundo. El otro niño, apenas ve a su hermano, también hace lo mismo.

Toda la familia se levanta y se despide agradecida.

Ya para salir del consultorio de la Pastoral, el padrastro, me dice: no se olvide doctor, lo vamos a esperar, aunque sea para sus vacaciones.

Antes de llamar al siguiente paciente, vuelvo a leer las anotaciones de la primera vez y veo la diferencia con la Esperanza de hoy. Una gran diferencia.

Lleno de alegría, llamo al siguiente paciente, y agradezco a Dios, por todo.

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