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Raúl es un joven de 15 años que acude a la consulta acompañado de su madre. Al revisar la historia, me doy cuenta que la última consulta es de hace 4 años, y que antes de esa consulta no ha venido en forma regular, siendo la primera vez a los 6 años, luego a los 8 años, después a los once años, y esta vez, ya a los quince.

Le pregunto a la madre cuál es el motivo de la consulta y me dice que lo trae porque desde julio ya dejó de estudiar, que ya no quiere ir al colegio, que le da vergüenza ir al colegio cuando todos los chicos de primer año tienen entre once a doce años. “El año pasado ha repetido tres veces el primer año y este año sería la cuarta vez que lo va a repetir.”, dice la madre.

“Es que no me gusta el colegio”, dice el joven.

Entonces, al revisar la historia clínica, observo que el paciente tiene un coeficiente intelectual de hace tres años, de 110, lo cual indica que no había dificultad para aprender. Y lo que también veo es que Raúl ha sido diagnosticado con Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad, pero que no ha tenido un tratamiento regular.

“Es que su papá no quería que lo drogáramos con las pastillas, cuando le dábamos las pastillas que el otro doctor indicó, parecía como robot, estaba tranquilo, pero no era mi hijo, parecía otra persona.”

“Desde niño era muy inquieto, nunca paraba quieto, se movía de aquí para allá, y por eso las profesoras le ponían anotaciones en la agenda, nos mandaban a llamar, y sacaba malas notas en conducta. Decían que era muy distraído, que no prestaba atención en clases, que distraía también a sus compañeros de carpeta. Había veces en que se levantaba de la carpeta, se iba al fondo del salón, había veces en que se salía del salón, y había veces, doctor, en que se salía del colegio y se metía en otro que estaba al frente. Parecía una pirinola que nunca terminaba de moverse. Desde que se levantaba en las mañanas, salía como un ventarrón de su cuarto, hacía con entusiasmo sus cosas y no paraba hasta la noche en que lo obligábamos a dormir, nunca hizo siestas en las tardes. Su palabra favorita era: estoy aburrido”.

“Cuando quería algo, esta dale que te dale, hasta que lo conseguía. No sabía perder. En los juegos no aceptaba que su equipo pudiera perder, se ponía a renegar y a llorar, que hasta los otros niños se burlaban. Cuando pedía algo que quería y que le gustaba mucho, no podía esperar al fin de mes, ni al fin de semana, quería que se lo compráramos en ese mismo momento”

Ahora ha bajado bastante su hiperactividad, lo traigo porque ahora ya no respetaba a los profesores, los encaraba y hasta los insultaba, lo suspendieron varias veces desde comienzos de año, hasta que él mismo se aburrió y ya no quiso ir al colegio.

Entonces le dije a la madre que todavía podemos hacer mucho por Raúl. Le explico que el déficit de atención e hiperactividad es un trastorno que en la mayoría de los casos, empieza y acaba, que a veces dura poco tiempo y que a veces demora varios años. Que igual con tratamiento o sin tratamiento se le va a pasar. Pero que los que reciben tratamiento podrán tener una mejor calidad de vida, que tendrán mejores recuerdos de su niñez, y que si lo comparamos con el acné, que empieza y que acaba con o sin tratamiento, pero aquellos que reciben tratamiento muy probablemente no tendrán las marcas características que deja el acné. En el caso del Déficit de atención, son marcas invisibles, que los hace proclives a sufrir dos trastornos graves: la depresión, que puede matar; y el abuso de sustancias psicoactivas, que también pueden matar socialmente.

Me demoro en explicarle a la madre sobre los beneficios de una Terapia integral, donde la psicoterapia ocupe un lugar predominante, acompañado de los psicofármacos específicos para este trastorno.

“Hemos pensado en una Institución Educativa no escolarizada, para que por lo menos termine su secundaria”, dice la madre. Y cuando le pregunto al chico qué es lo que le gusta más, sin pensarlo y con lágrimas en los ojos, me dice: el fútbol. El fútbol es mi pasión. Y soy bueno jugando fútbol.

Pregunté por qué el padre no ha venido acompañándolos y me dicen que ahora ha abandonado el hogar hace dos años, que tiene otra familia y que escasamente se ven, apenas se comunica con la madre para decirle que le está pasando dinero para la alimentación.

Los invito a retomar las consultas y el tratamiento, que se esfuercen para poder acudir a sus citas y que poco a poco Raúl mejorará. Solamente es cuestión de tiempo, y afecto.

Un niño que es inteligente, no es conveniente que se quede sin educación, un niño que es bueno en un deporte no conviene que no se le recompense y se siga perfeccionando en lo que le gusta.

Los profesores dirán que Raúl es un niño malcriado, pero no, no es malcriado, ha estado distraído.

Lo importante es que la madre y Raúl se comprometen a seguir un tratamiento, y lo más importante de todo esto es que Raúl es un ejemplo de un menor recuperable.

Yo tengo la confianza.

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