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MAL

Josefa es una mujer maciza, fuerte y tostada por el sol de Dios Nos Mire Alto, que apenas toma asiento empieza a llorar sin llanto, mientras abundantes lágrimas surcan su rostro:

Ya no sabemos qué hacer doctor, mi hijo Juan, que allí lo vienen trayendo en silla de ruedas tiene 24 años, y aunque no me quiera creer, hace un año era más gordo que usted, y mírelo cómo está ahora, que ni caminar puede. Está flaquitito, pálido, ojeroso, espérese que le quite el sombrero y lo va a ver. Él estuvo trabajando en el agua y alcantarillado de La Encantada.

Una Voluntaria ayuda a empujar la silla de Juan, que respira con dificultad. Sus pómulos pronunciados y su boca sumida hacen parecer que sus ojos fueran enormes. La madre le quita el sombrero y muestra un cráneo con cabello ralo y pajizo. Usa una camisa celeste que le baila ante el más leve viento. Sobre el algarrobo canta un chilalo.

Lo hemos llevado a Las Huaringas, le hemos hecho una mesada, el curandero ha dicho que ha cogido un daño que no era para él. Que si hubiera sido para él, ya hace rato que hubiéramos tomado café y mi pobre hijo ya fuera difunto. No sabe las cosas que ya hemos hecho, nos hemos ido donde muchos curiosos, lo han rezado, lo han escupido con cañazo, pero nada. Usted es nuestra última esperanza doctor, me dice con voz suplicante.

Esto último lo escucho como si fuera una enorme responsabilidad. Y sin querer, recuerdo a mi amigo Polo Ramírez, cuando vivía en nuestro cuarto de estudiantes, con mis hermanos en Lima. Yo en esa época era un estudiante de medicina que me juntaba con mis compañeros para estudiar en grupo, clases de anatomía humana.

Un día mi amigo Polo, buscando uno de sus zapatos, descubrió sin querer, la caja de cartón donde guardábamos el cráneo y los huesos con los que estudiábamos. Ese día se puso pálido, y no durmió varias noches seguidas. Primito, por qué no me has dicho que has puesto los restos del difunto debajo de mi cama, me reclamó antes de irse a dormir una semana al departamento de un amigo.

Después de otra semana más, regresó con sus cosas, adelgazado y ojeroso, diciendo que se iba a Chulucanas, porque se estaba secando por el susto del ánima bendita que se le aparecía entre sueños reclamándole la paz de los muertos. Se vino a Chulucanas y demoró casi seis meses en recuperarse. Yo me sentía culpable por su estado de enfermedad. Supe que su madrecita, que en paz descanse, lo curó con hierbas y rezos.

Dice que mi hijo estaba trabajando haciendo zanjas en las calles, cuando fue que encontró una vasija de barro con tapa, la abrió y dice que salió como un humo y adentro habían flores de mataperro secas, unas chaquiras de colores y un amuleto

de una mujer de piedra. Al comienzo todos estaban curiosos pensando que se trataba de un entierro, pero luego alguien dijo que era brujería.

Fue en ese entonces que mi hijo sintió como que se le iba el alma, le dio un vuelco el corazón y casi se desmaya. Ese día dejó de trabajar, se vino a la casa, y ya no pudo dormir. Tampoco regresó a trabajar, quedó como alelado, con la mirada fija, y ni siquiera le despertaba el apetito el cebiche de caballa que tanto le gustaba, ni le encontraba gusto a la chicha, y le hacía ascos a las cachemas encebolladas.

Doña Josefa traía consigo un montón de recetas diferentes, vitaminas, tónicos, bálsamos. Todo esto ha tomado, doctor. Y nada me lo ha curado, pareciera que se fuera a convertir en hueso y pellejo. Lo único que alcanza a probar es el maduro. Le gusta el plátano de freír sancochado, apenas alcanza a comer un poquito, pero algo es algo dijo el diablo. Creo que el plátano es lo único que puede probar, ya sea de la isla, de seda, o manzanito. Todo lo demás lo arroja.

Me acordé que cuando era niño, mi abuela Mercedes me curó del susto pasándome una piedra de alumbre, que luego escondió entre las brasas y que al día siguiente desenterraron de entre las cenizas y vieron la forma del cololo que me había asustado. Fue entonces, y después de examinar física y mentalmente a Juan, que recomendé, que además de la medicación, buscaran una curiosa y lo santiguaran con una piedra de alumbre.

Al día siguiente regresaron con Juan y miramos qué forma tenía el alumbre chamuscado. El mismo Juan dijo con la voz entre cortada y llorosa que esas formas enroscadas parecía un par de víboras peleando y recordó la tarde en que debajo de una planta de plátano encontró unas callanas que se movían y un par de culebras que peleaban salvajemente. Alcanzó a escupirse el pecho para quitarse el susto y corrió para su casa. Entonces, Juan lloró desconsoladamente.

Después de dos semanas me ha llamado Josefa para avisarme que Juan ya está alentadito, que ya está comiendo, muchas gracias doctor.

Yo me siento más tranquilo porque sé que el resto sólo es paciencia y tiempo.

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