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davidarce.jpg 5Pasadas las tres de la tarde del domingo 31 de mayo de 1970, yo estaba sentado sobre una piedra, al costado de la puerta de la casa de mi abuela Mercedes en la antigua calle Huánuco, ahora llamada Av. Mariscal Ramón Castilla. Entre mis manos tenía un libro nuevo y oloroso que momentos antes le había dejado un aspirante a novio a una mis hermanas. Él le dejaba los libros y yo aprovechaba en leerlos, me caía muy bien aquel joven, aunque a mi hermana no le gustaba que a su edad todavía usara pantalones cortos y zapatos de jebe. Lo que me llamaba la atención de aquel libro fue que en el nombre de Cien años de Soledad, la “e” de Soledad, estaba al revés. Aquella vez me pregunté por qué estaría así y aún ahora todavía me sorprendo algunas veces preguntándomelo.
Mi abuela salió a llamar al leñatero, quien se acercó con un burro triste y le pidió dos burradas de leña. El burro parecía a punto de llorar, pero cuando el leñatero desanudó la soga y dejó caer los dos atados de leña, parecía que la tierra se partía y que retumbaba como truenos debajo de la tierra. Rápidamente salieron a las calles hombres y mujeres, levantando las manos al cielo y llorando pidiendo perdón por sus pecados. Fue el primer temblor que sentí en mi vida. Luego me enteraría que el pueblo de Yungay, con todos sus habitantes quedó sepultado por un alud proveniente del nevado Huascarán.
En ese entonces yo tenía siete años y como dicen en mi tierra, sin saber leer ni escribir ya me estaba maravillando con las historias de Macondo, que en cierto sentido se parecían mucho a las de Chulucanas.
Y hoy he recordado este episodio porque uno de los personajes de Cien años de Soledad, llamado Rebeca, quien llegara a Macondo con los huesos de sus padres en una talega, con una nota diciendo que es familiar de Úrsula Iguarán y de José Arcadio Buendía, tenía la costumbre de comer tierra y pedazos de yeso raspados de las paredes. Y a lo largo de mi vida he conocido a muchas personas que comían sustancias no nutritivas de diversa índole: tierra, terrones húmedos que sacan de las paredes, pedacitos de ladrillos, pelos, pedazos de pintura, papel, cortezas de algunos árboles, cenizas de cigarrillo, virutas, etc. A este hábito de comer sustancias que no son nutritivas y en las cuales existe un impulso irresistible a seguir comiendo, aún a pesar de que se tiene conciencia de que no es saludable, se le llama Pica.
Hace un tiempo vi a un paciente que comía jabón y me decía que había probado de todas las marcas, que prefería comer del jabón de lavar ropa, especialmente el de color verde, porque según él, tenía un sabor especial, muy superior sobre aquellos negros, blancos y aquellos con manchitas. Y me decía que también había probado de los jabones de tocador, y que de todos ellos el que le parecía peor, porque le sacaba llagas en la boca era un jabón blanco alcalino.
Y la paciente que hace poco he visto, es porque se estaba quedando sin cama, prácticamente sin colchón. La madre se dio cuenta de que se estaba comiendo el colchón cuando prácticamente quedaba menos de una cuarta parte del colchón. La paciente decía que cada vez que iba al cuarto le daban unas ganas irresistibles a sacar pedacitos del colchón de esponja sintética y que todos los días se comía un pedazo, hasta acabárselo casi por completo.
Aunque se cree que la Pica es más frecuente en niños con retraso mental o en aquellos que padecen algún trastorno por deficiencia de algún alimento, también se ve en una cantidad mayor de adultos que no pueden resistir a la tentación de comer esas sustancias que no son nutritivas, quizás por padecer de algún grado de ansiedad no resuelto.
Lo bueno es que los pacientes tienen un tratamiento integral y están en franca mejoría, por el bien de ellos y de sus familias.
Y la Pica fue solamente un fantasma que rondó por un momento de las vidas de los pacientes, que tuvieron un destino diferente al de Rebeca.David Arce

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